Parece un tema menor, más allá del calculado efecto en las redes, pero a veces es bueno -para usar una imagen del talentoso Ingmar Bergman- identificar el huevo de la serpiente. En la película de ese nombre, ambientada en el Berlín de los años 20 del siglo pasado, Bergman explora las causas que dieron origen al nazismo: una combinación de altísima inflación, desencanto, miedo y un líder mesiánico que promete la salvación. Claro, también mucho antisemitismo, algo que por suerte en nuestro país no existe.
Los argentinos que vivieron el horror de la dictadura aprendieron a valorar el estado de derecho. La democracia argentina abriga defectos de diversa índole que es preciso sanear, pero siempre será mejor vivir en la libertad que nos ofrece la democracia que en cualquier locura autocrática o autoritaria.
Cuidar las instituciones, entonces, es un mandato superior. Es preciso curarlas, no dañarlas.
En estos casi 40 años de vida institucional hemos visto muchas cosas. Más feas que lindas, dicho sea esto con aflicción. Y algunas han estado con frecuencia vinculada a las clases dirigentes y, muy en particular, a la política.
Los políticos -en definitiva actores del escenario en que se convierte la vida pública- a veces suelen ser muy creativos en la búsqueda de formas de trascender, generando hechos que conmuevan a la gente y obliguen a hablar de ellos. Cinco minutos de fama es una plataforma de despegue. Y si se refieren al sueldo de funcionarios y legisladores, el retorno es mucho mayor.
Así que en ese sentido hemos visto ocurrencias de todo tipo, pero la de Javier Milei superó expectativas. Es que los argentinos lo eligieron para que cumpla un trabajo y para eso está previsto pagarle un monto determinado, que él pareciera no valorar.
Su jefe de campaña, Carlos Maslatón, publicó en un tuit: Espectacular, tremenda masacre política de Milei… Javier la está rompiendo, ¡a nadie en el mundo se le ocurrió hacer una cosa así! Maslatón no se equivocó. La rifa organizada por Milei para sortear su primera dieta, tuvo impacto internacional, aunque no siempre bueno.
Impacta a la publicación France 24 el talante de la explicación de Milei, cuando afirma que sortea su sueldo porque: “El dinero que se le sacó al pueblo debe volver al pueblo… para no cobrar la dieta tengo que hacer la denuncia (¿), y como no puedo, dije voy a regalar mi sueldo, lo sorteo para todos”.
Así que el diputado realizó su sorteo en una concurrida avenida marplatense, presentándose como “padre del liberalismo argentino” y “mentor del individualismo”. Tuvo gran repercusión y una notable presencia de menores de 20 años.
El impacto ya se había logrado mucho antes: sólo en las primeras 20 horas de abierta la inscripción, ya se habían anotado 200.000 personas, como si fuera un juego. Y en total más de 1,2 millón ingresaron a su web para interesarse. En pocos días, Milei duplicó sus seguidores y las visitas a la cuenta de Instagram. Un golazo.
“Hacer política” con el ingreso del legislador no es muy novedoso, pues suele ser motivo de enojo popular y da buenos réditos rasgarse con ellos las vestiduras.
En Tucumán, hace unos años, hubo un legislador que donaba la dieta (no muy alta en ese entonces), aunque luego se descubrió que seguía cobrando los entonces misteriosos y jugosos “gastos de bloque”, mucho más abultados que la dieta. A la inversa, hubo otro que se negaba a cobrar los gastos de bloque para denunciar su existencia, pero si cobraba la dieta.
El ex presidente Raúl Alfonsín -se supo mucho después que dejó el cargo-, donaba el 50% de su sueldo de Presidente a instituciones de bien público de Chascomús, su ciudad natal. Pero la diferencia es que lo hacía en silencio, sin hacer bandera ni clics ni likes, con ello.
En el caso de los partidos de izquierda, es un clásico que propongan en sus campañas que los legisladores cobren los mismos sueldos de los maestros. Ya se sabe, son propuestas inviables porque no tienen mayoría y una golondrina no hace verano… pero ellos así “hacen política”. Incluso, algunos donan una parte a merenderos, movimientos sociales o al partido al que pertenecen, según sus afirmaciones.
Pero la discusión no es que el legislador cobre un salario, sino, en todo caso, cuál debe ser el monto que no sume una causa más de divorcio con la ciudadanía. El riesgo en el que se cae es desvalorizar el trabajo, y nada menos que desde un lugar trascendental como puede ser un cuerpo legislativo, donde precisamente se trazan las reglas de juego de la sociedad.
Tucumán sabe de estas cosas cuando se “negocian” leyes con nombramientos. Cuando se nombran empleados para que no trabajen, pero sí abulten los bolsillos de los representantes del pueblo. Todo aporta al desprestigio de la política, pero también al deterioro del trabajo, que implica cumplir una tarea humana que debe ser retribuida, como nos enseña el diccionario.
Milei, con énfasis rayano en lo demagógico, dice: “que el dinero que se le sacó por la fuerza al pueblo, vuelva al pueblo”. Se refiere al pago de impuestos, cuya existencia es inherente a la idea de Estado desde sus orígenes. Lo que se discute es qué es lo que se grava y cuánto. Pero no suma en nada que la paga por su tarea de diputado se mezcle con los impuestos.
Milei se define como “anarcocapitalista” y sostiene: “el Estado es un robo y te quita el impuesto a la fuerza. Para mí es un dinero sucio”. O sea, se opone a la existencia del Estado y “propone” el no-gobierno, lo que es contradictorio con el cargo que desempeña, ya que forma parte de un poder del Estado. Milei se acerca al criterio de que los diputados no deberían cobrar retribución. Con el voto, la ciudadanía le ha contratado para un trabajo. Lo que seguro no deberían hacer -y ahí se abre la discusión que luego se distorsiona- es que el dirigente se enriquezca por ser un empleado del pueblo. Esa es la deformación.
Está claro el afán de manipular el enojo popular contra sus representantes poniendo en el centro de la discusión algo tan sensible como sus ingresos. El problema es que, así planteado, contribuye el descrédito de las instituciones.
Su rifa provocó un torrente de críticas de los legisladores. Llamativamente, no opinó nadie del oficialista Frente de Todos, pero sí integrantes de todo el arco opositor, sin excepción de sectores.
La pregunta obvia es: si Milei no cobrará su sueldo, ¿de qué vivirá? Dizque de conferencias y de charlas por las que cobra honorarios. Una explicación que, aunque fuera creíble, no es válida para todos aquellos que no puedan cobrar para que los escuchen. Ellos serían, digamos, el 90% de los miembros del Parlamento. Si no cobran por la tarea que realizan está claro que solamente personas muy ricas podrían ocupar cargos públicos. Un verdadero contrasentido. O, lo que es peor, los legisladores debieran buscar mecenas y depender de ellos.
Pero además, sería maravilloso que aquellos privilegiados a los que el pueblo ha elegido por un lapso corto (cuatro o seis años) no tengan que andar distrayéndose en nada durante el tiempo en que ejercerán tan importante tarea.
La pregunta de qué vivirá no pretende poner dedos acusadores ni abrir otro tipo de grietas. Simplemente, existe la necesidad de que el ciudadano encuentre en su espejo al representante. No es sano para la democracia su distanciamiento. Y, los ciudadanos de a pie, sin fueros ni votos en las espaldas, simplemente buscan todos los días que el sueldo les alcance para llegar a fin de mes.
Alguien ideológicamente muy cercano a Milei, el diputado recientemente electo por la provincia de Buenos Aires José Luis Espert, fue duramente crítico. “Cobro por mi trabajo, tal cual lo marca el artículo 74 de la Constitución, porque los constituyentes de 1853 quisieron blindar a los diputados y senadores de la corrupción y dispusieron que reciban un pago de las arcas del Estado nacional, en definitiva de los contribuyentes”, expresó.
Con suspicacia, Espert reflexionó: “si un diputado o un senador no cobra por su trabajo, hay que sospechar. ¿Cómo vive esta persona? ¿O acaso será la famosa ‘mano invisible’ del mercado?
La madrastra de Cenicienta
La desesperación de los dirigentes por trascender virtualmente y no silenciosamente por sus actos se traslada al razonamiento de la política. Esta semana, al Poder Ejecutivo de la provincia no le quedaba más remedio que buscar la forma de capitalizar todas las broncas que la gente tenía por los cortes de luz. Entonces, al Gobierno “no le quedaba otra” que sancionar a la empresa de distribuye la energía. Hacerlo le iba a traer aplausos, reconocimiento y quedaba bien. Sería algo “políticamente” correcto. Como si el sistema de razonamiento de Javier Milei -pero de todo político- se colara en la acción pública. Y, El poder Ejecutivo le buscó la vuelta –La columna “Yo te avisé” de Alvaro Aurane fue clarísima sobre el tema- para la sanción. Se acordaron de cortes anteriores durante el año, que estaban guardados en el olvido, y luego hicieron la multa por no informar que se iban a hacer esos cortes ocurridos hace muchos meses. Se justificó esa medida aduciendo que era la Dirección de Comercio la que aplicaba la sanción sobre la base de la Ley de Defensa del Consumidor.
EDET se ha convertido en la madrastra de Cenicienta. Nadie la quiere. Ha superado la “grieta”, ya que oficialistas y opositores se han unido al alzar sus críticas. Entonces, pareciera que a los dirigentes les resulta más cómodo subirse a la ola en lugar de encontrar razones y poner orden. Los cortes de la irritación de los últimos días se debieron a una obra que hizo la SAT y que, por alguna incapacidad o negligencia, terminó en la rotura de un cable de Transnoa, la empresa que transporta la energía. En síntesis poco y nada tenía para hacer EDET.
“Debió tener un plan B”, argumentan en la Casa de Gobierno, sin importarles la responsabilidad de la empresa que administra el agua de los tucumanos ni la posibilidad de reclamarle a la Nación -con quien tienen la mejor relación de los últimos años- que le consulte a Transnoa si tenía alguna posibilidad de subsanar el tema ante el accidente ocasionado por la obra de la SAT.
Seguramente, esta multa terminará en la Justicia, la empresa dirá que quien debe sancionarla es el Ersept y esos millones de la sanción se evaporarán. Lo curioso es que poderosas instituciones provinciales se muevan más interesados en el rédito político que en el funcionamiento. De hecho, una vez yapado el famoso cable que se cortó, prácticamente no hubo mayores cortes de luz.
Tal vez exista una decisión más concreta y sea hacer desaparecer del cuento a la madrastra más odiada, pero eso sería más sincero que andar buscando forzar la realidad con fantasías propias del fantasma Matías, en lugar de seguir alimentándose del aplauso fácil de las redes sociales.
El huevo de la serpiente no es propiedad tucumana ni de los argentinos.
El deterioro de la dirigencia, a la que le importan primero sus intereses particulares o sacar una pequeña ventaja faltándole el respeto a las instituciones o a la sociedad, se disemina por todas partes. Boris Johnson fue el mejor ejemplo. No estaba en Olivos ni festejaba el cumpleaños de su esposa: simplemente, había una flor de fiesta en Downing Street 10, la residencia presidencial, donde violaron todos los protocolos que le pedían respetar a los ciudadanos. El primer ministro inglés pidió disculpas, más concretas y menos raras que las de otros presidentes. Sin embargo, a la política londinense no parece preocuparle mucho, como si la palabra y la conducta no fueran necesarias para gobernar.